Antonio Ungar, Tres Ataúdes Blancos

Antonio Ungar, Tres Ataúdes Blancos (in English here)

El narrador de esta novela vive una vida sin pretensiones, en un barrio pobre de la República de Miranda, lejos de donde pasa todo lo interesante (el narcotráfico, petrodólares, desahucio en masa y escuadrones de la muerte). El mundo exterior apenas hace mella en su vida:

Radio de pilas. El viejo radio de pilas, que sólo aparecía cuando en la tienda algún vecino informaba de un evento que según la prensa escrita o televisada era fundamental para la Historia Patria. Había aparecido en manos de papá el radiecito, si mal no recuerdo, con motivo de los siguientes magnos sucesos:

  1. Asesinato de candidato presidencial de la oposición, 1989.
  2. Empate del equipo de fútbol, 1990.
  3. Asesinato de candidato presidencial de la oposición, 1990.
  4. Primer puesto en una etapa ciclística, 1990.
  5. Asesinato de candidato presidencial de la oposición, 1990.
  6. Segundo puesto panamericano en tiro con jabelino, 1991.
  7. Asesinato de candidato presidencial monárquico, 1995.
  8. Mejor traje típico en reinado universal de la belleza, 2002.
  9. Falsa alarma por venida de un papa, 2008.

Sólo anota los detalles, sin juzgar, más preocupado por que su estilo literario suene lo suficientemente melodramático (“como si sobre mí se cerniera, muy arriba en el cielo, la sombra oscura de La Muerte o de un pájaro de considerable tamaño”), o hace gimnasia en el jardín o se emborracha a base de cócteles matutinos.

Pero luego pasa algo que le obliga a salir del cascarón, el mismo evento que hace aparecer la radio de su escondite (y por la misma razón de siempre): el asesinato de otro candidato presidencial, Pedro Akira. Y éste, por casualidad, se parece muchísimo a nuestro narrador. Se avecinan problemas.

A lo largo del primer capitulo, el texto no para de bajarles los humos a los héroes políticos y de mofarse de la idea de la política como actividad honorable. A Akira se le describe con demasiada adoración, en la vida política del país impera el culto a la personalidad, y el Presidente es un psicópata consentido:

Una periodista enviada por el diario El País de España a nuestra capital afirma que, gracias a las medidas y de orden publico emitidas por el serenísimo presidente Del Pito (a quien los españoles abrevian como P. d. Pito), la inversión extranjera se ha recuperado, el producto interno bruto ha subido, y la moneda se ha fortalecido. Eso afirma el diario. Después demuestra que los cambios macroeconómicos se ven reflejados en la vida real de la gente, ejemplificando a la gente en tres personajes arquetípicos de la República: el taxista que llevó a la periodista del aeropuerto al mejor hotel, el vicepresidente (dueño además del diario más grande y de la mitad de la televisión, pero eso no lo sabe la enviada) y, quién si no, el minúsculo pujante, el inmenso Del Pito.

Las primeras cincuenta páginas tienen ese cinismo alcoholizado y esa grandilocuencia absurda pero también conmovedora. Pero luego la voz cambia. Al protagonista le obligan a adoptar el papel de Akira, para convencer al mundo de que el candidato sigue vivo y coleando, y así es como llega a conocer a los barones del partido (los “pesos pesados” del Movimiento Amarillo): trepas, cocainómanos, divas, y hasta una o dos personas decentes. Y después, poco a poco, también empieza a asumir la voz de Akira. Se mete en su piel.

El libro deja de ser una comedia de equívocos sobre la vida del protagonista (una pena, porque, aunque sea una medida necesaria, esa primera sección es la mejor con diferencia), para pasar a centrarse en las vicisitudes de Fingir Hasta Que Te Salga Bien. Su semejanza con Akira ha asediado a nuestro héroe toda su vida, como él mismo explica en un primer momento:

Entre Pedro Akira, el candidato herido, y éste su servidor siempre había habido algo parecido a un espejo de feria. Él siempre había estado frente al espejo, yo siempre había sido la imagen distorsionada. Un dios menor había decidido mandarme a este valle de lágrimas encarnado en torcido reflejo, creyendo enseñarme así una invaluable moraleja (de difícil interpretación).

Pero de hecho se acostumbra sin problema a la suplantación de identidad, y al cabo de poco tiempo le empieza a gustar. En aquel momento pensé que tal vez ésa sería la ‘moraleja’ del libro: la política sólo existe al nivel de la palabra, y si se puede decir algo de manera suficientemente convincente, se convierte en verdad. El protagonista no se opone en absoluto a las frases que salen de su boca (contra el sistema político, el Presidente, y sus propios camaradas), pero antes de su ‘transformación en Akira’ nunca ha estado en una posición en que pudiera expresarlas. Ahora ha reunido el coraje necesario porque no está expresando su propio punto de vista, sino sólo leyendo el guión.

Sin embargo, el tono cambia.

El argumento pasa a ser un drama tenso, y uno por uno los diferentes personajes son asesinados o se pasan al lado oscuro. Un poco de humor negro queda en la voz del narrador, esa misma insistencia en usar las palabras correctamente incluso cuando la situación toca fondo, mientras se marchita bajo el sol tropical, escondido de las escuadrones de la muerte a lo largo de dolorosas semanas:

Yo no me separo de la botella de vodka durante casi dos meses. No de la misma: de muchas botellas, que al principio sirvo primorosamente fraccionadas en delicadas porciones sobre hojas de ajenjo y soda y sal, y que después tomo solas, sin ningún aderezo, tendido en el jardín mientras el sol me convierte en un chicharrón viviente. También hago crucigramas. Y canto.

Pero en general el argumento sigue siendo bastante desalentador. Bien escrito, por supuesto, aunque sin la comedia y calidez de las primeras páginas. Los personajes o mueren o se ven obligados a huir del país, y comenzamos a darnos cuenta de que el libro entero es un testimonio novelado de algo que ha pasado en realidad (aunque, por supuesto, no ha pasado de verdad). Eso se ve sobre todo en el último capitulo, en el que leemos el diario de otro personaje, pero hay muchas referencias menores durante la segunda mitad del libro. Desde un punto de vista cínico, se puede decir que esta postura de “Ay, ¿por qué no puede la ficción representar el mundo tal y como es?” es un poco trillada y cínica en sí misma.

Como ha dicho un crítico:

El autor se siente obligado a admitir el cansancio y la ineficacia de sus recursos novelescos, pero al mismo tiempo no está dispuesto a transformarlos y menos todavía a abandonarlos.

La mayor parte de las críticas (menores) que ha recibido el libro tiene que ver con la sección posterior; se acusa a la novela de que vaya a lo seguro en su regreso a una narrativa de violencia:

Ambas novelas [la de Ungar y otra de Evelio Rosero] ganaron premios europeos importantes lo cual nos dice algo también sobre la persistente preferencia metropolitana a premiar obras periféricas siempre y cuando traten temas de violencia, corrupción o pobreza o perpetúen los estereotipos folclóricos sobre el tercer mundo.

Sí que hay una falta de conexión entre el estilo florido, satírico y desamparado de las primeras secciones y las escenas de acción, espionaje y tortura que vemos más tarde. Pero quizás ésa sea la idea. O, al menos, la experiencia lectora resulta desconcertante, confusa y memorable, y eso es exactamente lo que busco cuando leo un libro.

Ya sé que las novelas deberían aumentar y fluir de acuerdo a una lógica interna, en vez de vagabundear en nuevas y extrañas direcciones, o socavar sus propias raíces. Pero de vez en cuando recibimos otra cosa. Y eso tampoco está mal.

2 Responses to Antonio Ungar, Tres Ataúdes Blancos

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